El canto gregoriano: una tradición milenaria…
La tradición que atribuye a San Gregorio Magno (†604) la creación del canto gregoriano remonta, al parecer, a su propio biógrafo, Juan el diácono (†882). San Gregorio Magno fue, efectivamente, un gran reformador de la Iglesia, de la liturgia e incluso del canto, pero no es posible pensar que él solo, y precisamente en el corto período de su pontificado (590-604), pudiera componer ni aun recopilar el vastísimo repertorio musical que se le ha atribuido. La labor real de este Papa consistió en reorganizar el culto de las iglesias de Roma, estableciendo escolas o coros para el canto.
Los documentos escritos que nos transmiten el canto que hoy conocemos con el nombre de gregoriano son muy posteriores a su origen vivo y no remontan, por regla general, más allá del siglo IX. Eso prueba que hubo al principio una tradición oral y auditiva muy fuerte, que no sintió la necesidad de expresar gráficamente – por un procedimiento mnemotécnico que dará origen a los neumas – los elementos melódicos, rítmicos y expresivos que componen el canto. El canto era entonces patrimonio del pueblo y no de unos profesionales. Algunas melodías que nos quedan del primitivo fondo musical litúrgico, por su simplicidad temática y por su configuración estilística, a base de versos y estribillos, debieron resonar como un estallido popular en las grandes basílicas romanas. A medida que este canto se hizo más culto y se multiplicaban los neumas con grandes agrupaciones de notas en una sola sílaba, cesó de ser popular para hacerse exclusivo de unos pocos profesionales, que, aun en los monasterios, eran los únicos que podían interpretar el alarde melódico de las nuevas composiciones. Fue entonces cuando se copiaron los maravillosos manuscritos que llenaron las bibliotecas medievales de San Galo, Ripoll, Silos, etc.
El canto gregoriano ha llegado hasta nosotros en multitud de manuscritos, desparramados hoy por toda la geografía europea. Junto con estos testigos documentales hay que contar la propia tradición de la Iglesia, que ha conservado ininterrumpidamente para su culto estas viejas y venerables melodías. -Sin embargo, con el uso y la influencia de las formas y los estilos musicales tan variados a través de los siglos, el canto había perdido su primitiva belleza, o, en todo caso, la autenticidad de su interpretación, tal como pudieron entenderla los anónimos compositores de la alta edad media. En la segunda mitad del siglo pasado se inició un movimiento restaurador, cuyos protagonistas fueron los monjes de Solesmes.
Obras maestras en el repertorio gregoriano las hay infinitas.
De unas notas de Ismael Fernández de la Cuesta
